viernes, 6 de julio de 2007

El proceso degenerativo


Que las publicaciones son no seres vivos lo advertimos no sólo en que nacen, crecen, las alimentamos cada día haciéndoles páginas y más páginas para que así también se reproduzcan y que finalmente mueren, sino además en multitud de detalles y gestos, nos aman o nos odian, o nos aman y nos odian, son nuestras amigas o nos rechazan, sufren cambios... uno de ellos, inevitable y asombroso, es el denominado proceso degenerativo.
Necesita que la publicación esté viva para suceder, no se da en presencia de catálogos de páginas ya premaquetadas de los que se utilizan para ahorrar personal y de paso calidad, sobre todo en periódicos, y se lleva a cabo con intervención humana de manera inconsciente. El proceso degenerativo es aquel que transcurre entre el prototipo de cualquier publicación, llámese monstruo para parecer más profesional quien lo dice, y el estado actual de las páginas tomadas un día cualquiera. No debe confundirse con un cambio de diseño; se trata de un discurrir continuo dentro de un mismo diseño. No es malo ni es bueno en sí. Sucede, y lo malo es que no suceda porque estaríamos entonces ante una publicación muerta, un catálogo de modelos esclerotizados (hablaremos más, otro día, de los catálogos, esos depósitos de páginas cadáveres).
Evidentemente, el proceso degenerativo será más visible cuantos más días, meses, o incluso años, contemos desde su inicio, desde que el citado monstruo pasó de las manos de un diseñador a las zarpas de los maquetadores. Es una relación dialéctica, que dirían las escuelas marxistas, entre el ideal imaginado y lo real paginado. La torpeza de todos los miembros de la redacción también ayuda, a veces incluso para mejor.
Tan curiosa teoría no es obra mía, ya quisiera yo tener acceso directo desde mi escritorio mental al mundo de las ideas. No sé quién es el autor, o si lo tiene. La primera vez que oí hablar de él fue en boca de Curtis. Estaba sentado, más bien arrugado sobre la silla que alguien le había dejado porque Curtis, Ricardo Curtis, no sólo es el más periodista de cuantos diseñadores he conocido, era además el único director de arte para el que he tenido el honor de trabajar que no tenía despacho, ni ordenador, ni mesa de trabajo... ni falta que le hacía porque cualquiera de nosotros le dejaba la nuestra y allí, a su lado, le oíamos mascullar sobre el proceso degenerativo mientras creaba páginas directamente en el Mac queriendo imaginar a la vez como se irían modificando cada día, en cada cambio, lenta pero inexorablemente, como la superficie de un planeta, como los paisajes, como los no seres vivos.