lunes, 26 de octubre de 2009

Diseñario 2.0 (VIII)

Ajetreada semanita de celebraciones en el periódico, que se hace algo más que mayor de edad cumpliendo 20 años. Para algunos, claro, que otros tuvieron que estar trabajando en la redacción mientras se hacían discursos y corrían los canapés y el alcohol para el resto. Pues así, borrachos y cebados y bailones y divertidos unos, y tristes y olvidados otros, los miembros del comité de expertos nos envían otra entrega de este su y vuestro Diseñario, obra colectiva, irreverente y abierta a la participación de quienes se atrevan, o directamente quieran, sobre el diseño periodístico y la prensa en general.





Catálogo. Si cogemos a los cinco miembros de encajabaja, por poner un ejemplo, y los guardamos ordenados en cajas con agujeros para respirar y etiquetadas con un criterio cualquiera: de mayor a menor, en edad o tamaño; agrupados los guapos con los guapos y los feos con los feos; o según quién come más; o cuál se acuesta más tarde; o por simpatía, si me apuran... entonces tendremos un catálogo. Un variopinto catálogo de tipos curiosos sin ningún fin concreto, eso sí, porque un catálogo es conveniente que sirva para algo.
Y si cogemos modelos de páginas (de periódico, en este caso, pero aplíquese a cualquier publicación, impresa o digital), así como elementos sueltos de esas páginas para después ser ensamblados, y lo guardamos todo en un archivador (que también puede ser digital o con formato carpeta de anillas), clasificado de alguna manera que puede ir desde el orden lógico absoluto hasta el caos más lunático con paradas en cualquier estadio absurdo que ni imaginarse pueda, entonces, tendremos un catálogo de páginas, que es de lo que estamos intentando hablar aquí. Sin éxito, suponemos.
Para la sección de diseño de un periódico, ese conjunto de páginas enlatadas que demandan, insaciables, un mínimo mantenimiento y labores de actualización diaria, es una tabla de salvación y, a la vez, un tablón con el que pueden darte en las costillas para de paso partírselas al periódico entero. Es nuestra guía espiritual, el conjunto de dogmas al que nos agarramos, un mantra que repetimos para defendernos de las mil aberraciones que nos proponen al menor descuido: catálogo, catálogo, catálogo, que decía aquél. Pero en manos inexpertas, para ahorrar así costes (existen empresas de cortas miras que con un catálogo de páginas creen prescindible una sección de diseño) es una condena segura a la mediocridad, preludio del ahorro definitivo. Costillas rotas y mediocridad materializadas en una monótona repetición de las mismas tres o cuatro variantes de página, todos los días, aplicadas a contenidos dispares, sirvan o no al propósito para el que fueron creadas.
Y es que un catálogo, para ser útil de verdad, debe estar en manos de profesionales del diseño periodístico, que aunque también aprovechen en ocasiones las páginas tal cual están allí, con sólo apretar un click, será en ocasiones en las que con criterio hayan descartado otras posibilidades (que ellos y no el catálogo conocen y valoran) y no porque desconozcan aquello que para los profanos sólo existe en ese archivador informático, o de cartón.
No queremos pecar de exquisitos negando que alguna vez nos gusten las páginas enlatadas, pero de ahí a comer de lata todos los días... tampoco es plan. Nos quedaría un periódico de hojalata.

Chapuza. Chapuza es entregar este texto tarde, mal y escrito con poca gracia. Y en el mundo del diseño chapuza es soltar los elementos de una página como caen, así, sin ningún criterio, sin ton ni son y encima creer que se ha hecho de pulcra madre. Chapuza es maquetar una página y dejarla llena de trampas, que si un filete corto por aquí, que si un pie de foto que no llega, que sin un título sin hojas de estilo, etcétera, etcétera. Chapuza es hago-lo-primero-que-sale y encima digo que es la mejor opción.
Pero chapuza también es tener un poco de pericia a la hora de arreglar cosas, tener pequeños trucos para salir de un mal trago y salir con la cabeza alta y el problema amarrado por la patas.
Y en diseño se hacen chapuzas, muchas, y de los dos tipos. Y [casi] siempre forzadas por las circunstancias. Porque la chapuza está casada con la prisa, en un matrimonio de quiero y no puedo, en un ir y venir, en un ni contigo ni sin ti.
Cuanta más prisa, más grande suele ser la chapuza, y cuanto más fácil parece el entuerto, más recto se dirige al chapucismo, en un camino sin retorno ni posibilidad de mirar atrás. Que si una caja tapón por aquí para que no se vea esto, que si estira esta otra para que la matriz entre, que si estrecha la escala para encajar un título, que si un cicerito por aquí, otro por allá que esto no lo nota nadie... Y ahí, estás perdido, la chapuza se ha instalado en la página y ahí se queda en un peligroso equilibrio, en un ayyyy, en una intermitente posibilidad de petar.
Si la chapuza existe es porque hay expertos en ella. En el mundo del diseño y en el del periodismo hay auténticos profesionales de la chapuza. CHAPUZAS con mayúscula y currículum. Porque ser un chapuza no es fácil, hay que valer, son años de experiencia y trabajo, cuasi una oposición. Diaria, por supuesto.
Infranqueables e inevitables, siempre están ahí cuando menos te lo esperas. Con las mangas por los codos y el palillo ronroneando en la boca. Con la respuesta siempre a tino y por sorpresa, cuando creías que era imposible de arreglar el desaguisado, te suelta "tranquilo chato, esto te lo arreglo yo, está chupao". Y ahí te hace la chapuza, el apaño, el pim-pam-pum rapidito rematado con la frase: "Como nuevo, te lo he dejado como nuevo". Cinco minutos después o una semana más tarde, cuando se vuelve a plantear el problema y creías que todo estaba arreglado, la chapuza vuelve a emerger. Pero tú tranquilo, que esto te lo arreglo yo...

Chillón. Colores y personas.


Entregas anteriores del Diseñario 2.0:

Diseñario 2.0 (I): adelanto-alcance.
Diseñario 2.0 (II): apaisado-arte final.
Diseñario 2.0 (III): aspirina-autoedición.
Diseñario 2.0 (IV): background-billete.
Diseñario 2.0 (V): bobina-breves.
Diseñario 2.0 (VI): cabecear-camisa.
Diseñario 2.0 (VII): carácter-carpintero.